Tras abandonar el majestuoso hotel Titus, regentado por un chino muy salao nos disponemos a alquilar unas bicis apropiadas a nuestras necesidades, no decepcionamos: bicicletas de paseo con marchas y timbres de Winnie Pooh.
Partimos con el destino en la cabeza: la isla de Texel, donde no sabemos qué encontraremos: lo mismo nos morimos del aburrimiento o quizás descubrimos una belleza inexplorada. Cargamos nuestras bicis al tren y tiramos camino al ferry.
Texel se abre ante nuestros ojos como una isla ultraplana (apenas unos metros de desnivel causados por un parque natural de dunas) repleta de campos de cultivo y ganadería con sus vacas de manchas y ovejas esquiladas. Los pueblos a nuestro paso son pacíficos y bonitos de casas bajitas con tejados bien inclinados y un pequeño jardín en el porche.
Los carriles-bici holandeses son fáciles y cuidados por lo que no nos cuesta encontrar nuestro albergue.
Una ducha y paseamos a la playa. De vuelta, nos tomamos algo en un local pintoresco donde sirven cerveza con sabor a sidra y buen café.
Por la noche, decidimos aventurarnos al siguiente pueblo, De Koog, a unos 6 kilómetros, para buscar cena ante la desolada situación de Den Burg. Asi que, linterna en mano, pedaleamos la distancia que separa una y otra población.
Nuestra sorpresa fue mayúscula cuando descubrimos que había feria. Asi que aprovechamos para salir de fiesta, incluyendo un bar que se llamaba "Las Tapas", donde de español no había más que tres pampinoplas que acabamos de llegar. La camarera nos sirvió una loca bebida local, Dynamite Dutch y poco faltó para que no sobreviviéramos a ese elixir de regaliz negro. La gentes se sorprendían al vernos en la isla, y hasta alguno nos preguntaba seriamente cómo habíamos llegado hasta alli.
Bailoteos y saltos con la música más animada y regresamos a casa a las 4 de la mañana bajo la luz de la luna que iluminaba el camino
domingo, 2 de septiembre de 2012
En la isla de Texel
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